Cuando tengo que estudiar para un parcial o hacer una tarea muy larga, me voy al Starbucks que está más cerca de mi casa. Se me hace más fácil concentrarme ahí porque no tengo las cosas con las que pierdo el tiempo.

Hoy fui a empezar a estudiar mis notas para un parcial que tengo esta semana. Me senté en una esquina de la cafetería a la que no llega ni la música, ni el aire acondicionado (que usualmente es exageradamente frío). Normalmente tampoco llegan las personas a esa parte de este Starbucks.

Antes, me sentí desesperado porque las personas que llevaba adelante en la fila decidieron lo que iban a pedir hasta que llegaron a la caja. Me molesta mucho esa costumbre de decidirse hasta el final, esas personas solo atrasan a los demás. Parecieran no entender que viven en la ciudad más grande de Centroamérica.

Cuando ya estaba sentado con mi café, entraron tres personas y se sentaron en la mesa que tenía a la par. Lo que los diferenciaba de los demás es que hablaban por lenguaje de señas. Luego de más o menos media hora de estar a la par de ellos, tuve dos reflexiones.

La primera fue porque los tres volteaban ocasionalmente para donde yo estaba sentado. Supongo que les sorprendía que no los estuviera observando directamente. Y digo esto porque es muy común del latino en general quedársele viendo a alguien cuando siente que es un tanto distinto. Aquí no se respeta la esfera individual, uno no puede salir a la calle ni siquiera mal vestido porque ya te miran mal.

El contraste lo hago con una experiencia que tuve con  Javier, mi amigo. Antes de salir me dijo algo como: te apuesto que a diferencia de Guate, si salgo con esta pijama a la calle nadie se me va a quedar viendo. Fuimos al supermercado mientras él usaba una pijama que se parecía a un uniforme militar. Si él hubiera hecho eso aquí, seguramente todo el mundo se le hubiera quedado viendo, y seguramente más de alguien hubiera emitido juicios de valor sobre su calidad como persona al asociarlo con el Ejército de la República. Allá, todo el mundo pasaba a su lado como si nada, nadie le dio la más mínima importancia.

Supongo que para estos tres el que la gente se les quede viendo ha de ser cuestión de todos los días. Para ellos probablemente ha de ser normal el escoger las partes más aisladas de los restaurantes. Ojalá que algún día puedan pasear sin que la gente se les quede viendo como si no tuvieran algo mejor que hacer.

La segunda reflexión que hice está relacionada con el “diálogo” que tenían. Siempre que voy a Starbucks veo gente que está sentada enfrente una de la otra con el teléfono en la mano. Pueden pasar muchos minutos sin hablar, es como si no estuvieran en el mismo lugar. A diferencia de la mayoría, este grupo de tres personas no usaban sus teléfonos, hasta llegué a dudar que tuvieran alguno. Evidentemente yo no entendía que se decían entre sí, pero la estaban pasando muy bien, no dejaron de reírse en todo el rato. Solo sacaron un celular casi hasta al final para tomarse una fotografía.

Ojalá algún día aprendamos que la tecnología mal usada en vez de facilitarnos la comunicación nos aleja de las personas que nos rodean. Ojalá aprendamos a platicar más cara a cara y menos a través de una pantalla.

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