A todas aquellas personas analfabetas que mueren siéndolo, déjenme decir que su condición no es culpa del Estado, ni de nadie.  El mejor de los ejemplo de esta teoría es mi abuelo, que en paz descanse. Un humilde guatemalteco que vivía, sentía y se deleitaba en cada costumbre de nuestra tierra, desde ir a la zona 1 por un atol, hasta el ir a las ferias para comer garnachas. Como la mayoría de guatemaltecos, él no gozó de una educación superior universitaria, pero cada visita que yo hacía mi abuelo siempre me comentaba del libro que leía en el momento. Mi abuelo se sumergía en los párrafos de cada libro y subrayaba cada palabra que lo dejaba “más perdido que un chucho en procesión” como él siempre me decía.

Me recuerdo que hace aproximadamente un año un amigo de la universidad de los Estados Unidos lo visitó, y en esa ocasión, él, con la pronunciación de la india María haciendo referencia porque era uno de sus programas preferidos, intentaba en sus posibilidades comunicarse con él en inglés.  Es increíble como alguien que nunca gozó de una oportunidad para estudiar llegó a ser alguien tan culto en su vida. Por un momento llegué a pensar que era íntimo amigo del maestro Héctor Gaitán porque se sabía y había leído todas sus obras, que entre sus favoritos estaba siempre “La calle en donde tú vives”.  Es este mi abuelito que nunca se dejó envejecer en mente ni en espíritu, aún recuerdo cuando le dije abuelo por primera vez el me vio a los ojos con una mirada tenaz me dijo no me digas abuelo nunca más porque no soy viejito.  Esa mente joven que volaba por libros, estrofas de canciones, piezas de marimba y películas clásicas es la mente de alguien que empezó vendiendo periódicos.

Entre sus deseos más grandes estaba el viajar sin parar a donde se pudiera y con la mayor espontaneidad posible. Fue él, el que me enseñó a cómo tomarme por primera vez un trago de tequila escuchando tríos mexicanos. La mayor lección que me quedó de él es nunca olvidar de dónde se viene y ser humilde a toda costa.

Yo sé que aunque nunca fuiste a la Iglesia por sentimientos que tal vez solo yo pude entender, yo sé que a pesar que odiabas a la gente hipócrita religiosa estás en el cielo cuidándonos a todos. Y te prometo que cada oportunidad que tenga de viajar y de brindar un tequila por ti yo lo voy hacer en tu dulce e inmortal memoria.

 

 

 

Javier Perez Saavedra

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