En un caluroso y húmedo día de Agosto, decidimos, mis amigos y yo, aprovechar uno de los últimos días de verano para ir a visitar una playa a un par de horas de distancia. Para ser honesto, no le pedía nada más a esta grandiosa temporada. Había hecho prácticamente todo: desde terminar una serie de televisión en Netflix en un solo día (sí, con mis pijamas de hace tres noches), entablar nuevas amistades con personas que no hablan una palabra en español, hasta escalar montañas de cientos de metros de alto. Pero ni modo, a veces las grandes sorpresas que nos da la vida llegan como una bofetada.

Llegó el atardecer y las olas empezaron a resonar con más fuerza. Entonces fue cuando uno de mis amigos, Jay, nos comentó que había hallado una formación de rocas parecida a la de un jacuzzi, solo que esta se encontraba a un par de metros de la orilla del océano. Intrigados, decidimos ir a ver si lo que estaba hablando Jay era cierto. No obstante, nos dimos cuenta que para llegar a este lugar había que nadar a través de un canal estrecho por donde la corriente era alimentada por las olas que parecían ser cada vez más grandes. Emocionado por tal idea, decidí ser el primero en lanzarse al océano y ver qué tal lucía este “jacuzzi natural”. Jay contó hasta tres, pero yo, en medio de la espontaneidad y la estupidez, me había arrepentido de lo que estaba a punto de hacer. Él dejó ir mi mano, y no me quedó otra alternativa que lanzarme al océano. Cuando ya estaba sujeto a la roca que se encontraba del otro lado del canal, una ola me golpeó con tal fuerza que me adentró un par de metros en el océano. Tragando agua, nadando como fuese posible, e intentando fallidamente gritarle a mi amigo: “¡Eres un idiota por dejarme hacer esto!”, un pensamiento llegó a mi cabeza. No, mi vida no pasó por delante; y tampoco tuve un pensamiento con un significado profundo acerca de ella. Sino que el inevitable “¿por qué eres así de estúpido?” llego de la misma manera como las olas que me arrastraron. A punto de ahogarme, mi hermano menor se zambulló para ayudarme a nadar a la orilla de la playa y así evitar que yo muriese en medio del océano.

No fue hasta que estaba de camino a casa, contemplando el magnífico celaje que caracteriza el sur de California, que decidí aprovechar los últimos días de verano (cuando creo que ya lo he hecho todo y no queda alguna aventura por vivir). Quién sabe, cuando decidimos zambullirnos al agua y dejamos que las olas de la vida nos lleven por caminos que parecen muchas veces ahogadizos,  puede que esto se convierta en una historia asombrosa. Igual, siempre habrá un hermano que venga al rescate.

 

Anthony F. Castellanos

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